EEUU sigue amenazado por el miedo, la paranoia y la violencia que han impulsado el trumpismo

EEUU sigue amenazado por el miedo, la paranoia y la violencia que han impulsado el trumpismo

Más allá de los asuntos y candidatos específicos que hayan incentivado a cada votante el martes, en Estados Unidos están surgiendo dos partidos opuestos: uno pro-democrático y el otro antidemocrático.

La marca registrada del partido antidemocrático es su crueldad y su falta de voluntad para acatar los resultados electorales. Dicho de otro modo: el "trumpismo".

Ambas cosas se pusieron de manifiesto la noche de las elecciones cuando la candidata a gobernadora de Arizona, Kari Lake, arremetió contra los “tramposos y sinvergüenzas” que, según ella, dirigen las elecciones, calificándolos de “gilipolleces y basura”, “gente incompetente”, “propagandistas” y “medios de comunicación mentirosos”.

Y el representante Andy Biggs bromeó diciendo que Nancy Pelosi estaba “perdiendo el mazo de juez pero ha encontrado un martillo”, en una burda referencia al ataque al marido de Pelosi que le dejó con el cráneo fracturado.

Otros candidatos y figuras del Partido Republicano lanzaron insultos similares: “Merrick Garland necesita unas medias nuevas”, “Beto [O'Rourke] es un peluche”, el senador Mark Kelly es un “hombrecillo” cuyas “orejas no hacen juego”, el presidente Biden es un “niño perdido” con un “pañal muy sucio”, los demócratas son unos “lunáticos”.

Estos comentarios nauseabundos contrastan con el elegante discurso de reconocimiento de la derrota del demócrata Tim Ryan en la carrera al Senado en Ohio: “Tenemos demasiado odio, tenemos demasiada ira, hay demasiado miedo, hay demasiada división… Tengo el privilegio de reconocer la victoria de JD Vance porque, por la forma en que este país funciona, cuando se pierde una elección, se reconoce la derrota y se respeta la voluntad del pueblo. No podemos tener un sistema en el que si se gana es una elección legítima y si se pierde, alguien la ha robado”.

O con las humildes declaraciones de John Fetterman después de que la carrera por el Senado en Pensilvania se hubiera decantado por él. Secándose las lágrimas, dijo a sus seguidores que vitoreaban por él: “No sé muy bien qué decir ahora, Dios mío. Me siento tan honrado, muchas gracias... Esta campaña siempre ha consistido en luchar por cualquiera que haya caído y se haya levantado”.

En mayo, un derrame cerebral casi mortal estuvo a punto de hacer caer a Fetterman, lo que incitó la burla de los trumpistas como Trump junior, que el domingo por la noche dijo a la multitud presente en un mitin en Miami que “si vas a estar en el Senado de los Estados Unidos, debes contar con funciones cognitivas básicas. No parece tan descabellado tener un cerebro que funcione... Hoy nos enfrentamos a un Partido Demócrata que no cree que un senador de los Estados Unidos no deba tener papilla por cerebro”.

La crueldad, la burla y la maldad gratuitas son equivalentes al autoritarismo porque se alimentan de la misma ira y el mismo miedo. También alimentan el odio y la paranoia que hacen que los estadounidenses desconfíen del sistema electoral y de las demás personas. Y pueden impulsar la violencia.

Cuando era niño, otros niños me acosaban por mi baja estatura. Recuerdo las burlas y la crueldad. Los peores abusos, supe después, provenían de niños que eran maltratados en sus hogares, a menudo por sus padres. Hoy en día, muchos estadounidenses se sienten acosados por el sistema —acosados por los empleadores, los propietarios, los hospitales, las compañías de seguros, los cobradores de deudas, las burocracias gubernamentales, etcétera—, lo que los hace presa fácil del trumpismo.

Esto no pretende excusar a estas personas, sino explicar la posible fuente de su rabia, el modo en que los trumpistas la están canalizando, y por qué es tan importante poner fin a todas las formas de acoso. No solo porque ese acoso es moralmente incorrecto, sino también porque su veneno se expande por toda la sociedad.

Los resultados de las elecciones de mitad de mandato podrían haber sido mucho peores. Los extremos de la derecha trumpista fueron derrotados con contundencia: el candidato a gobernador de Pensilvania, Doug Mastriano; el candidato a gobernador de Maine, Paul LePage; el candidato al Senado de New Hampshire, Don Bolduc; y el candidato a gobernador de Wisconsin, Tim Michels (que prometió que, de ser elegido, ningún demócrata podría volver a ganar Wisconsin).

La mayoría de los candidatos a la secretaría de Estado que además son negacionistas electorales fueron derrotados. Este viernes, Kari Lake estaba a punto de perder frente a su rival demócrata para gobernadora de Arizona, Katie Hobbs. La congresista Lauren Boebert (la republicana trumpiana de Colorado) luchaba por conservar su escaño.

Pero Marjorie Taylor Greene fue reelegida, al igual que Andy Biggs y muchos otros negacionistas electorales. Además, el propio Trump parece decidido a lanzarse otra vez.

No es tan malo como podría haber sido, pero sí muy preocupante. Todavía estamos en el borde del precipicio.

*Robert Reich, exsecretario de Trabajo de Estados Unidos, es profesor de Políticas Públicas en la Universidad de California en Berkeley.

Traducción de Julián Cnochaert.