Vida y muerte de Kirill Stremousov, el ‘macarra’ de Putin que estuvo al frente de Jersón

Vida y muerte de Kirill Stremousov, el 'macarra' de Putin que estuvo al frente de Jersón

A Kirill Stremousov le apetecía charlar. Solo seis meses antes era un político marginal, y en ese momento estaba saboreando claramente la recién estrenada atención que recibía como cabeza visible de la ocupación rusa de la región ucraniana de Jersón. 

“Estoy con un subidón constante”, dijo el líder colocado por Moscú a The Guardian en una entrevista telefónica en agosto. “Hemos ganado. Estoy viviendo un sueño. Rusia estará en Jersón para siempre”.

Aquel “para siempre” acabó de forma abrupta el 9 de noviembre, cuando Stremousov, de 45 años, murió en un accidente de coche mientras se alejaba a toda velocidad de Jersón. Para entonces, ya era totalmente consciente de que su sueño de un Jersón ruso se hacía pedazos, con las tropas ucranianas aproximándose para liberar la ciudad.

El 11 de noviembre, en una serie de escenas extraordinarias, una multitud de ciudadanos exultantes dieron la bienvenida a las fuerzas armadas ucranianas que llegaron al centro de Jersón.

El ascenso y la caída de Stremousov es la historia de cómo puede acabar el oportunismo desenfrenado y las fantasías ideológicas de un hombre en un país destrozado por la guerra. También sirve para mostrar cómo prosperan los personajes macarras y de mal gusto en la Rusia de hoy a medida que los dirigentes del país abrazan la histeria antioccidental. 

Nacido en el este de Ucrania en 1976, Stremousov tuvo trabajos poco frecuentes: aseguró que vendía sabuesos a Reino Unido y Países Bajos. Más tarde, trabajó para el cuerpo de inspectores de pesca del Estado.

Su vida cambió, decía, después de lo que él describió como “un viaje épico en búsqueda de sí mismo” en moto por América Latina, siguiendo las huellas de su héroe, Ernesto Che Guevara. “Siempre quise ser alguien, como el Che. Lo estoy consiguiendo”, dijo.

A la vuelta, empezó a escribir mucho en su blog, propagando algunas de las muchas teorías conspirativas que habían surgido en el espacio postsoviético, mientras que millones de personas buscaban formas de afrontar la caída del bloque y la inestabilidad económica extrema. 

Le gustaba especialmente el movimiento neoestalinista y neopagano Concepción de la Seguridad Social, una teoría conspirativa de fuerte trasfondo antisemita, solo una de las muchas contradicciones de un hombre que aseguraba estar luchando contra los “nazis ucranianos”.

Gran parte de la entrevista que concedió en agosto a The Guardian consistió en sus divagaciones sobre los nazis que, según él, dirigían Ucrania, a la vez que despotricaba contra el “liberalismo pervertido occidental”.

A veces, sin embargo, Stremousov cambiaba repentinamente de tono y hablaba con envidia y admiración de las capitales europeas que había visitado durante sus viajes. “Me gustaría volver a ver esos coffee shops especiales de Ámsterdam”, decía entre risas.

Con la llegada de la COVID-19, Stremousov se convirtió, como era de esperar, en un enérgico antivacunas. También se hizo viral un vídeo que recogieron tabloides de todo el mundo: en él, balanceaba a su hija pequeña alrededor de su cabeza como si fuera una muñeca de trapo y provocando que sus “huesos crujieran”.

Cuando se presentó a la alcaldía de Jersón en 2020, Stremousov obtuvo apenas más del 1% de los votos. Probablemente habría dedicado su vida a ser un alborotador de poca monta si no hubiera sido por la decisión de Putin de invadir Ucrania, que dio a este bloguero inadaptado la oportunidad de cumplir sus sueños más siniestros.

Con la mayor parte de la administración ucraniana de Jersón fuera o negándose servir a los rusos, Moscú recurrió a figuras como Stremousov para intentar dar una apariencia de legitimidad a su ocupación, y lo nombraron “vicegobernador” de la región en abril. Sobre el papel, era el segundo de a bordo, pero eclipsó rápidamente a su tímido jefe, Volodímir Saldo, con un torrente diario de vídeos agresivos antiucranianos, que a menudo rozaban lo absurdo. 

El ascenso de Stremousov alcanzó su clímax en septiembre, cuando desfiló orgulloso por el salón de San Jorge del Kremlin durante la pomposa ceremonia de Putin para celebrar su anexión de Jersón y otras tres regiones ucranianas. 

La voluntad de Putin de ascender a figuras marginales como Stremousov es un símbolo de la etapa más reciente de sus dos décadas de poder, según Andrei Pertsev, un periodista ruso especializado en política. “El vocabulario y el comportamiento de Putin se están volviendo cada vez más agresivos”, escribió Pertsev en un artículo reciente para el think tank Carnegie Endowment. “El propio presidente se está entregando a los márgenes de la sociedad”.

Durante el discurso de anexión de Putin en el Kremlin, guardó un minuto de silencio junto a la élite política rusa en honor a los “héroes caídos” de la primera invasión rusa de Ucrania en 2014. Una de las personas recordadas fue Motorola –su nombre real, Arseni Pavlov– un violento señor de la guerra que murió en un coche bomba en 2016.

Con la guerra en Ucrania, Putin también ha aupado a Ramzan Kadirov, el despiadado dictador checheno, y a Yevgeni Prigozhin, el exconvicto que dirige el grupo privado paramilitar Wagner.

Ahora, algunos en las altas esferas parecen estar siguiendo el comportamiento de Putin de cerca. Un colaborador de Serguéi Kiriyenko, una figura antaño liberal de la administración presidencial a la que se le encomendó las gestión de las políticas en los territorios ocupados, dijo que su decisión de vestirse repentinamente con ropa militar probablemente estaba motivada por el creciente militarismo del régimen.

“En la era de los frikis, te tienes que vestir también como uno de ellos”, dijo.

Puede que al final Stremousov se pasara demasiado de la raya. A medida que su perfil público crecía, también lo hacía su desparpajo. Arremetió contra la derrota militar de Rusia en la región de Járkov y sugirió públicamente en uno de sus vídeos diarios que el ministro de Defensa ruso –Serguéi Shoigú, un íntimo amigo de Putin– debería pegarse un tiro. “Muchos dicen que si fueran ellos el ministro de Defensa que ha permitido llegar a esta situación, se pegarían un tiro”, dijo.

Su turbia muerte, ya sea un verdadero accidente o el resultado de un plan de los servicios de seguridad rusos para librarse de un incómodo bocazas que ya no era útil para las autoridades, seguramente seguirá siendo un misterio en un futuro próximo.

Sin embargo, con la multitud eufórica de ucranianos que se congregó en la plaza principal de la recién liberada Jersón quedó claro que la visión de Stremousov de una ciudad rusa queda enterrada con él.

Traducción de María Torrens Tillack.