El andar del borracho, las huellas del azar y el juego de dados en algunos libros malditos

Luke Rhinehart, en una imagen promocional de la década de los 90.
Luke Rhinehart, en una imagen promocional de la década de los 90.

La novela El hombre de los dados inauguró la década literaria de los 70 en Estados Unidos. Se trata de una historia transgresora y muy original donde el protagonista es el azar, no ya como derecho intrínseco de la naturaleza, sino como determinación divina.

Su autor, el norteamericano George Cockcroft (1932) la firmó como Luke Rhinehart, psiquiatra que da voz a la novela; un hombre abyecto y poco fiable cuyo comportamiento depravado lo justifica por las tiradas de dados. Con ello, son los dados, y no su inclinación hacia los actos inmorales, los que llevan a este psiquiatra a cometer las más variadas aberraciones.

Tal vez, para encontrar las razones que impulsan a Rhinehart a moverse dentro de lo que se denomina el espacio muestral haya que retroceder siglos, cuando en el Imperio Romano se desecharon las matemáticas al estilo de Grecia, sirviéndose solo de ellas para asuntos prácticos como lo son el medir y el contar. Porque, tal y como señala el físico teórico Leonard Mlodinow en su libro El andar del borracho (Crítica), en la cultura romana primaban asuntos prácticos, de tal manera que las virtudes clásicas de verdad, belleza y bondad de la Grecia legendaria quedaron relegadas por la astucia y la sagacidad romana a la hora resolver medidas en la guerra.

Siendo la probabilidad la guía de la vida -Cicerón dixit-, los romanos fueron los primeros en estudiar las probabilidades de que un suceso ocurriese. Con todo, no fue hasta el siglo XVI cuando el mundo occidental estuvo preparado “para desarrollar una teoría de la probabilidad”, tal y como nos cuenta Mlodinow en su libro, cuyo título hace alusión a las trayectorias aleatorias que toman las moléculas errando en el espacio y colisionando unas con otras, lo que nos lleva a pensar que los procesos aleatorios, con sus pasos de borracho, son uno de los fundamentos de la naturaleza.

En el citado libro, escrito de forma amena, pero sin excluir el rigor científico, Mlodinow nos sumerge en la historia de la interpretación del azar y en su entendimiento, así como en las leyes de la probabilidad, ilustrándonos con ejemplos al alcance de todo el mundo, haciendo de este trabajo una lectura didáctica y muy entretenida. En uno de sus capítulos nos encontramos con la historia de un hombre que bien merece un aparte, pues se trata de la primera persona que dejó escrito un texto sobre los juegos de azar; la primera aproximación a la naturaleza de la incertidumbre desde el punto de vista matemático. Su nombre: Gerolamo Cardano.

El tal Gerolamo Cardano llegó a predecir la fecha de su muerte, un 21 de septiembre de 1576 en Roma, a la edad de 75 años. Para no quedar mal con sus predicciones, se suicidó. Con todo, esta no fue la única peculiaridad que acompañó su biografía, sino que hubo más; desde su sórdido nacimiento que tuvo lugar en una miserable casa de Pavía, hasta la ruina económica que sufrió acompañada de una posterior riqueza gracias al estudio de la aleatoriedad en el juego de dados, pues desarrolló una teoría que puso en práctica a la manera romana, es decir, con el fin de obtener beneficios en la guerra que fue su vida.

Pero no solo por esto pasará a la historia Gerolamo Cardano. A él también se debe el haber ideado el sistema mecánico de suspensión y transmisión para los automóviles conocido como suspensión cardán, un sistema que permite unir dos ejes que no se encuentran en la misma línea. A pesar de esta falta de colinealidad, gracias a la idea de Cardano se transmite el movimiento de rotación de un eje a otro.

Por eso, cuando el cardán se estropea, el vehículo queda inmovilizado. Dicha idea la heredó de su presunto padre, Fazio Cardano, quien trabajó con Leonardo da Vinci. Pero lo que nos trae hasta aquí es su teoría acerca de las probabilidades que dejó escrita en Liber de Ludo Alae (Libro de los juegos de azar), un trabajo que nunca publicó por temor a que alguien aprendiera a jugar con éxito.

Un libro maldito como ese otro libro escrito por George Cockcroft con el seudónimo de Luke Rhinehart, El hombre de los dados, una novela que fue prohibida en muchos países debido a sus crudas escenas de sexo y violencia.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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