Toreros, trenes voladores y ovaciones a Franco: las películas inéditas del ingeniero José Hernández Santorcuato

Dos veinteañeros, el español José Hernández Santorcuato y la francesa Raimonde Bertin, se enamoraron perdidamente en Toulouse, donde él estudiaba ingeniería eléctrica y ella, filosofía y letras. Se casaron un día de verano de 1933 y tuvieron siete hijos. Sus fotos de entonces son como las de cualquier otra pareja feliz, llenas de sonrisas radiantes, bromas cómplices y carantoñas. Tras cumplir 46 años, ella murió de forma inesperada en una operación rutinaria. Cuando el propio Hernández Santorcuato falleció tres décadas después, en 1989, sus hijos se encontraron con una maleta llena de cartas de amor entre los dos. Su hija Marie France recuerda ahora que decidió tirarlas a la basura. “Me parecía que era entrar en su intimidad. ¿Qué importa lo que se dijeran?”, reflexiona. Lo que sí conservó la familia fue el otro tesoro que dejó el ingeniero: una colección de 1.500 metros de películas caseras. Es una ventana a un mundo ya desaparecido.

El ingeniero José Hernández Santorcuato y su esposa, la francesa Raimonde Bertin, en 1955.
El ingeniero José Hernández Santorcuato y su esposa, la francesa Raimonde Bertin, en 1955.Colección familiar

Hernández Santorcuato dirigió durante casi todo el franquismo una de las mayores empresas de España, la General Eléctrica Española, un gigante con sede en el Gran Bilbao que fabricaba motores de trenes y las enormes máquinas que generaban electricidad en los famosos pantanos del dictador Francisco Franco. El ingeniero iba siempre con una cámara tomavistas en la mano. Sus películas, grabadas entre 1962 y 1971, muestran el día a día de una familia, pero también los grandes avances tecnológicos de la época, como el tren volador de Châteauneuf-sur-Loire (Francia), un artefacto tan moderno que también aparece en el filme futurista Fahrenheit 451, rodado en 1966 por François Truffaut.

El ingeniero fue un testigo excepcional del franquismo. Su colección, a la que ha tenido acceso EL PAÍS, incluye corridas de toros de El Cordobés, coches Seat 600, concentraciones fascistas, obispos, minifaldas, tirachinas, tabaco por doquier y procesiones por las calles en construcción de la España del desarrollismo. Marie France Hernández Bertin, de 76 años, recuerda que a su padre le parecía “maravilloso” cualquier avance técnico. “Se trajo de Estados Unidos el primer frigorífico de enchufar que, yo creo, hubo en España. Lo mandó por barco y estaba en mi casa”, ilustra.

Una nieta del ingeniero, Belén Astorqui, dirige precisamente una empresa, Pimpampelis, dedicada a elaborar películas documentales con fotos y vídeos de familias, pero nunca se había enfrentado al material de su propio abuelo, rodado en formatos 8 milímetros y super-8. “En casa del herrero, cuchillo de palo”, bromea. Hasta que un día se enteró de que el Museo Online de Cine Autobiográfico (MOCA) y la empresa gallega Cafés Candelas habían iniciado una campaña para rescatar películas domésticas almacenadas en trasteros de los hogares españoles.

“Yo tenía ocho añitos cuando mi abuelo murió”, explica Astorqui. “Era un señor muy sensible artísticamente, muy blandito para el estereotipo del directivo del momento. Le encantaba el arte, la fotografía y, sobre todo, la tecnología. Era el mundo al revés: era tu abuelo el que tenía lo último de lo último. Nuestra primera tele en color nos la dio mi abuelo porque él se había comprado una mejor”, recuerda la nieta.

Franco es uno de los protagonistas de las películas caseras de José Hernández Santorcuato. El ingeniero grabó al dictador el 19 de junio de 1964 en Bilbao, en los actos por el vigesimoséptimo aniversario de la entrada de las tropas franquistas en la ciudad durante la Guerra Civil. En las imágenes, se ve a Franco bajo palio, presidiendo una multitudinaria misa pública en la Plaza Moyúa, con todos los edificios cubiertos por banderas rojigualdas. En otra grabación, Hernández Santorcuato capta a Franco y a su esposa, Carmen Polo, llegando al pueblo cántabro de Castro Urdiales en su yate Azor, escoltado por un buque de guerra.

El historiador de la ciencia Lino Camprubí reivindicó en su libro Los ingenieros de Franco (editorial Crítica, 2017) a “aquellos ingenieros militares, civiles y agrónomos que supieron situarse en el corazón de la modernización forzosa del país mediante sus trabajos con el hormigón, el arroz o la hidroelectricidad”. El historiador, de la Universidad de Sevilla, subraya que “en la década de 1960 las tasas de crecimiento de la economía española eran sólo comparables a las de Japón”. Esa es la España que grabó José Hernández Santorcuato.

Camprubí argumenta que la ciencia y la tecnología fueron “una vía privilegiada para facilitar las alianzas internacionales del franquismo”. Las películas caseras del ingeniero lo demuestran. En una de ellas, rodada el 31 de enero de 1969 en Bogotá, el propio Hernández Santorcuato entrega cuatro locomotoras al presidente de Colombia, Carlos Lleras Restrepo. “Los científicos e ingenieros adoptaron en importantes ocasiones el papel de diplomáticos extraoficiales”, expone Camprubí en su libro.

El historiador recuerda que Franco recibió el apodo popular de Paco el rana, por su costumbre de inaugurar pantanos. Entre 1940 y 1967 se construyeron unos 300 embalses en España, según Camprubí. La empresa General Eléctrica Española participó en este esfuerzo colectivo. Hernández Santorcuato grabó minuciosamente en 1968 la construcción de la presa hidroeléctrica de Alcántara, la más grande de Europa occidental, en el tramo extremeño del río Tajo. Uno de los 6.000 trabajadores de la presa explicó el extraño ambiente de aquella obra faraónica en un reportaje en EL PAÍS: “Aquello parecía una ciudad del Oeste. Había gente de todas las nacionalidades. Italianos, sobre todo. El dinero corría a chorros. Y por las tardes.... ¡uy! Por las tardes se armaban unas peleas tremendas. Encima de una mesa se jugaban sueldos de una semana, había mucho dinero”.

El director del Museo Online de Cine Autobiográfico, Pablo Gómez Sala, recuerda la fascinación que sintió al ver las películas del ingeniero por primera vez. “Mientras digitalizábamos la colección nos dimos cuenta del valor de las imágenes que filmó y de su amor por el cine. Normalmente el cine doméstico se centra en la vida familiar, pero José Hernández Santorcuato fue más allá”, reflexiona. Su museo, fundado desde Vigo en 2020, ya ha rescatado 17 kilómetros de películas caseras antiguas.

Gómez Sala defiende “el carácter sanador de la autobiografía, que hace que te sientas acompañado de los demás”. Es un efecto que logran las películas de Hernández Santorcuato. Además de trenes voladores y otros ingenios eléctricos, también grabó la intimidad de su familia, muy alejada de la gélida caricatura de los ingenieros del franquismo. El director de la General Eléctrica Española aparece en las imágenes bailando la conga, tirado por el suelo y con una actitud permanente de guasa, como destaca su nieta: “Vemos que, además de ser un señor ingeniero, un señor director y todas estas cosas superimportantes y relevantes históricamente, pues era sobre todo el padre de siete hijos en una familia donde para él disfrutar de los suyos era superimportante”.

Belén Astorqui recuerda un fragmento del libro La guerra no tiene rostro de mujer, de la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich. “Por mucho que me guste mirar el cielo o el mar, observar un grano de arena por un microscopio me fascina aún más. El mundo en una gota de agua. Esa vida enorme e inverosímil que descubro allí”, escribió la ganadora del Nobel de Literatura. “Para mí, una persona es mucho. En su interior hay de todo, más que suficiente para perderme”.

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