En esta crisis energética se mató la transformación digital

Imagen de una refinería en pleno funcionamiento.
Imagen de una refinería en pleno funcionamiento.UNSPLASH

Si vives lo suficiente para ver cómo el chándal de tactel se vuelve a poner de moda, cómo el precio de esos pisos que solo podían subir se despeña montaña abajo y cómo una crisis energética sistémica se lleva por delante el desarrollo de los países y la alegría de tu familia, es que eres un xennial (nacidos entre la generación X y la milenial) como yo. No solo habrás estudiado la EGB, sino que habrás crecido con la campaña de ahorro del agua “Tú puedes, pero España no puede” frente a la sequía pertinaz y con la crisis de la OPEP a cuestas. Estarás programado en un bucle eterno de cerrar grifos y apagar luces y de pasar de horarios de verano a invierno con la naturalidad de quien ha sido educado en que los recursos son escasos y hay que gestionarlos con prudencia. Como has vivido lo suficiente, te habrás hecho dependiente de todos los servicios que la digitalización te proporciona y serás indiferente al hecho de que los pagas con tu intimidad. Total, dejarte unos derechos por el camino tampoco es tan importante. Lo que no te esperabas es que, a estas alturas, tuvieras que prescindir de ellos porque la energía no llega para tanta digitalización.

Bernardo de Miguel y Manuel V. Gómez nos prevenían en este mismo diario de que Europa se prepara para un escenario de racionamiento de energía. La guerra de Ucrania ha dado al traste con la política energética comunitaria que, como sabemos, es altamente dependiente del gas ruso. El panorama no es favorable. Aunque, como buenas hormigas, nos pertrecháramos de gas para el invierno, solo llegaría a cubrir una cuarta parte de la demanda. En el mejor de los escenarios, habríamos de recortar un 30% nuestro consumo de energía si no queremos vivir en un permanente apagón.

Toda la transformación digital se basa en, al menos, dos pilares del lado del consumidor: el acceso a internet con precio fijo o tarifa plana y la energía infinita a un precio razonable. Sin embargo, parece que, en medio de la fiesta de la abundancia, nadie ha caído en que no tenemos asegurado el suministro de energía constante, infinito y barato o a precio razonable. Este escenario de limitación energética nos pilla en medio de la mayor individualización digital de los procesos debido al distanciamiento social impuesto por la pandemia. Con la excusa del contagio, muchos procesos analógicos sencillos mutaron en electrónico. Antes no teníamos que pagar por consultar el menú de un restaurante, pero ahora pagamos a medias sus cartas digitales al vernos obligados a consultarlas a través de nuestros dispositivos.

Es un caso más, pero no el único de esta digitalización banal de procesos que son más eficientes y baratos en entornos analógicos que podrían tener sentido con una energía barata y disponible, pero que son más caros que el proceso analógico que sustituyen.

En cuanto a los procesos y productos que son digitales por diseño, como los criptoactivos, ya están siendo objeto de escrutinio, si bien, por el momento, desde la perspectiva medioambiental. Recientemente, hemos vivido el debate en el Parlamento Europeo sobre el Reglamento MiCA (Markets in Crypto-assets, mercados de criptodivisas en español) que parecía que quería limitar las criptomonedas basadas en proof of work (PoW, prueba de trabajo), como Bitcoin o Ether, por su alto consumo energético. La polémica surgió a partir de una enmienda que exigía a los criptoactivos unos estándares de sostenibilidad medioambiental que todos están lejos de cumplir. La enmienda fue rechazada, pero recibió un apoyo considerable con 32 votos en contra y 24 a favor. Precisamente a raíz de este debate y para reducir la elevada huella de carbono que generan las criptomonedas, en particular en lo que se refiere a los mecanismos utilizados para validar las transacciones, los eurodiputados solicitaron a la Comisión que les someta una propuesta legislativa que incluya, antes del 2025, a la minería de criptoactivos en la taxonomía de la UE, que califica a una actividad como medioambientalmente sostenible.

El Parlamento Europeo aprovecha el debate de MiCA para subrayar que la minería de criptoactivos no es la única industria que consume ingentes recursos energéticos no respetuosos con el clima, y solicita a la Comisión que trabaje en una legislación que aborde estas cuestiones en los distintos sectores. Las industrias de los videojuegos y el entretenimiento o los centros de proceso de datos estarían en esa situación también.

Si bien no hay una equivalencia completa entre la producción de energía ecosostenible y los problemas de suministro energético, este debate señala el problema esencial: la transformación digital necesita energías limpias, pero primero necesita energía para funcionar. Ahora que el racionamiento está encima de la mesa, cualquier diseño de cualquier producto digital ha de responder a las cuestiones de si es necesario o si es una ocurrencia más de Silicon Valley y si es energéticamente sostenible y más eficiente desde esta perspectiva que un proceso offline. En el supuesto de que sea altamente eficiente o presente ventajas evidentes con respecto a un proceso físico, ¿podemos diseñarlo para ahorrar energía? Y, lo más importante, ¿tiene un respaldo físico en caso de que no haya energía o haya cortes prolongados?

Hace cuatro años advertí de lo crítica que es la energía para el mundo conectado que hemos construido, hasta ponerme en el escenario catastrófico de los cortes de energía prolongados que llevarían a no tener acceso a prácticamente ningún servicio, muchos de ellos críticos, a los que estamos acostumbrados. Si decidimos usar dinero electrónico y solventamos los problemas evidentes de privacidad antes, ese dinero tendría que estar disponible para un intercambio sin conexión. Y, aun así, necesitaría energía para acceder a él desde un dispositivo frío o desde el wallet (cartera) de un móvil. Lo que nos lleva a que la digitalización necesita respaldo, y, ahora más que nunca, respaldo en un escenario de energía cara y limitada.

No todo van a ser malas noticias. Esta visión de la digitalización desde la seguridad y el ahorro energético podría tener una derivada interesante: si ahorramos desconectando o adelgazando los procesos de rutinas extractivas que no tienen valor para el proceso en sí, ¿qué van a hacer los grandes titanes de los datos que basan su modelo en que estemos permanentemente encendidos y conectados y que se han crecido en un mundo de abundancia? A lo mejor la falta de electricidad nos da la alegría de la vuelta de la privacidad.

Paloma Llaneza González es abogada, ensayista e ikebanaka. Es licenciada en Derecho por la Universidad Complutense y Diplomada en Altos Estudios Europeos por el Colegio de Europa en Brujas Lleva ejerciendo como abogada, auditora y redactora de estándares en España, Europa y EEUU. Autora de ‘Datanomics’ (Planeta- Deusto) y la novela ‘Apetito de riesgo’ (Libros.com)

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